El arco iris
El arco iris –He ganado –dijo la señorita Inger, echándose a reír.
Hubo un instante de incertidumbre. Ursula tenía el corazón desbocado, se sujetó a la barandilla y no podía moverse. Con una expresión radiante, franca, cálida, distendida, se volvió a la profesora como si fuera el mismo sol.
–Adiós –dijo la señorita Inger, y regresó nadando con las demás alumnas, para interesarse por ellas en lo profesional.
Ursula estaba deslumbrada. Aún sentía el roce de aquel cuerpo en el suyo: solo eso, solo eso. El resto de la clase de natación pasó como en un trance. Cuando llegó la hora de salir del agua, la señorita Inger se acercó a Ursula por el borde de la piscina. La túnica fina de color rojo oxidado, pegada al cuerpo, definía sus formas a la perfección, firmes y magníficas, pensó Ursula.
–Me ha gustado la carrera, Ursula –dijo la profesora–. ¿A ti?
Ursula solamente podía reír, con gesto radiante, franco, revelado.
Se habían confesado tácitamente su amor. Sin embargo, aún pasaría algún tiempo antes de hacer nuevos progresos.