El arco iris

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Luego, un día que Ursula estaba sola, la profesora se le acercó, le acarició la mejilla con los dedos y, con cierto esfuerzo, le dijo:

–¿Te gustaría tomar el té conmigo el sábado, Ursula?

Ursula se ruborizó de gratitud.

–Iremos a una cabaña preciosa en el Soar. A veces paso allí los fines de semana.

Ursula estaba fuera de sí. No veía el momento de que llegara el sábado, sus pensamientos ardían como una hoguera. Ojalá fuera sábado, ojalá fuera sábado.

Llegó el sábado, y Ursula se puso en camino. La señorita Inger la esperaba en Sawley, y desde allí fueron andando hasta la cabaña, a unos cinco kilómetros.

Era una cabaña humilde y diminuta, de dos habitaciones, construida en un abrupto acantilado. En el interior todo era exquisito. En una deliciosa intimidad, las jóvenes prepararon el té y conversaron a continuación. Ursula no tenía que volver a casa hasta las diez.

La conversación derivó, como envuelta en un hechizo, en la cuestión del amor. La señorita Inger habló de una amiga que había muerto dando a luz, y de lo mucho que había sufrido; habló también de una prostituta y de alguna de sus propias experiencias con los hombres.

Mientras charlaban en el porche de la cabaña, cayó la tarde, con una lluvia fina y cálida.


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