El arco iris
El arco iris Ursula imaginaba un matrimonio para Winifred. Quería casarla con su tío Tom. Winifred lo sabía. Dijo que iría a Wiggiston. Permitiría que el destino hiciese con ella lo que quisiera, a la vista de que nada quedaba por hacer. Tom Brangwen veía igualmente las intenciones de Ursula. También él había alcanzado el límite de sus deseos. Había hecho todo lo que quería hacer. Todo lo había conducido a la misma muerte y desintegración del espíritu, que ocultaba a los demás con un ánimo completamente tolerante. Nada le interesaba ya en el mundo, ni hombres, ni mujeres, ni Dios, ni la humanidad. Había alcanzado un punto de equilibrio en su anulación. Nada le preocupaba, ni su cuerpo ni su alma. Solamente su propia vida seguía intacta. Solamente conservaba una apariencia de vida sencilla y superficial. Seguía siendo un hombre sano. Estaba. Por tanto tenía que llenar cada momento. Éste había sido siempre su único credo. No era un impulso instintivo: era la consecuencia inevitable de su naturaleza. En la intimidad absoluta de su propia vida, hacía cuanto se le antojaba, sin escrúpulos y sin pararse a pensarlo dos veces. No creía en el bien ni en el mal. Cada momento era como una isla independiente, aislada del tiempo, y virgen, libre de los condicionamientos del tiempo.