El arco iris
El arco iris En el centro había un espacio amorfo, amplio y abierto, a modo de plaza de mercado de tierra negra pisoteada, rodeado por la misma mole de anodinas viviendas en las que el ladrillo rojo ya empezaba a cubrirse de mugre, con pequeñas puertas y ventanas rectangulares repetidas hasta el infinito, una sola taberna grande y chabacana en una esquina y, algo perdido en uno de los lados de la plaza, el ventanal grande y opaco, de color verde oscuro, de la oficina de correos.
El pueblo tenía la extraña desolación de las ruinas. Los mineros, que merodeaban en grupos y cuadrillas o cruzaban a paso lento los puentes, camino del trabajo, no parecían personas vivas sino espectros. La rigidez de las calles vacías, la amorfa esterilidad homogénea del conjunto, insinuaban más la muerte que la vida. No había lugar de encuentro, ni centro, ni arteria, ni formación orgánica. Se propagaba como los nuevos cimientos de una confusión de ladrillo rojo en rápida expansión, como una enfermedad de la piel.