El arco iris
El arco iris En las afueras, en un pequeño promontorio, se encontraba la casa de ladrillo rojo de Tom Brangwen. La fachada miraba al extremo del pueblo, a la miseria sin sentido de pozos de ceniza y retretes, a las hileras irregulares de los patios traseros de las viviendas, cuya humilde actividad individual se volvía sórdida en su estéril comunión con las demás humildes actividades. Más allá se encontraba la mina, que funcionaba día y noche. Y, rodeándolo todo, el campo, verde, salpicado de aulagas y brezales, surcado por dos arroyos sinuosos, y al fondo los bosques, más oscuros.
El conjunto era sencillamente irreal, sencillamente irreal. Incluso ahora que llevaba dos años allí, Tom Brangwen seguía sin creer que fuera real. Era como un sueño truculento, como un estado de ánimo amorfo, muerto y desagradable que se materializa.