El arco iris

El arco iris

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–Es viuda. Su marido murió de tuberculosis no hace mucho tiempo –contestó su tío, con una sonrisa siniestra–. Se metió en la cama en casa de su madre, donde viven otras cinco o seis personas, y murió poco a poco. Le pregunté a la señora Smith si su muerte no era una desgracia para ella. Y me dijo: «Bueno, últimamente estaba muy quejoso, nunca estaba satisfecho, nunca estaba tranquilo, siempre estaba nervioso y sin saber qué quería. Así que, en cierto modo, fue un alivio que se muriera… Para él y para todo el mundo». Llevaban solamente dos años casados, y tuvieron un hijo. Le pregunté si no había sido muy feliz. «Ah, sí, señor, al principio estábamos muy contentos, hasta que él se puso malo. Sí, estábamos muy contentos. ¡Sí! Pero, ya ve, una se acostumbra a todo. Mi padre y dos de mis hermanos se fueron igual que él. Una se acostumbra.»

–Es horrible acostumbrarse a eso –dijo Winifred Inger, con un escalofrío.

–Sí –dijo Brangwen, que seguía sonriendo–. Pero ellos son así. Ella no tardará en casarse. Con uno o con otro… Eso da igual. Todos son mineros.

–¿Qué quieres decir con que «todos son mineros»? –preguntó Ursula.


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