El arco iris

El arco iris

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–Que las mujeres piensan igual que nosotros –dijo Brangwen–. Su marido era John Smith, barrenero. Todos lo respetábamos como barrenero, él se respetaba como barrenero, y su mujer era consciente de que él representaba su trabajo. El matrimonio y la vida doméstica es un asunto secundario. Las mujeres lo saben perfectamente, y lo aceptan tal como es. Un hombre u otro, eso es lo de menos. Lo que cuenta es la mina. Todo lo demás es secundario. –Brangwen dirigió la mirada al caos de ladrillo rojo, a la rígida y amorfa confusión de Wiggiston–. Los hombres son dueños de sus pequeñas distracciones secundarias, pero la mina es dueña de todos. Las mujeres se conforman con las sobras. Con las sobras de un hombre o de otro, lo mismo da. La mina se queda con todo lo que de verdad es importante.

–Pasa lo mismo en todas partes –dijo Winifred–. Es la oficina, la tienda o el negocio lo que se adueña del hombre, para la mujer queda lo que el trabajo no puede digerir. ¿Qué es él, en casa? ¿Es un hombre? Es un zoquete, una máquina con piernas, una máquina estropeada.

–Ellos saben que se han vendido –dijo Tom Brangwen–. Ésa es la cuestión. Saben que se han vendido a su trabajo. La mujer puede protestar hasta desgañitarse, pero eso no cambia nada. El hombre se ha vendido a su trabajo. Y las mujeres no protestan. Se conforman con lo que tienen y… Vogue la galère[24].


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