El arco iris

El arco iris

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–¿No son muy estrictas las mujeres de por aquí? –preguntó la señorita Inger.

–No mucho. La señora Smith tiene dos hermanas que han cambiado de marido. Son poco exigentes… Y tampoco les interesa demasiado. Van tirando con las sobras de la mina. No les interesa hasta el punto de ser inmorales: al final todo equivale a lo mismo, tanto da si es moral o inmoral. Todo es cuestión de salarios. El duque más honrado de Inglaterra gana doscientas mil libras al año con estas minas. Él es quien sostiene los principios morales.

Con el alma negra y llena de amargura, Ursula los oía hablar. Incluso en su manera de lamentar la situación había algo morboso. Parecía causarles una satisfacción morbosa. La mina era la gran señora. Ursula miró por la ventana y vio el complejo minero, orgulloso como un demonio, con sus máquinas centelleantes en el cielo, la masa informe y sórdida del pueblo a un lado. El pueblo era el sórdido cúmulo de los asuntos secundarios. La mina era el espectáculo principal, la raison d’être de todas las cosas.

¡Qué horroroso! Producía repugnancia y fascinación al mismo tiempo: cuerpos y vidas humanas sometidas a la esclavitud de aquel monstruo simétrico. Producía una especie de vértigo, de satisfacción perversa. Se mareó ligeramente.


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