El arco iris
El arco iris Una vez recuperada, experimentó una soledad inmensa en la que se encontraba triste pero libre. Se había alejado. Nunca más daría su conformidad a la gran minería, a la imponente maquinaria que nos ha hecho a todos prisioneros. Se rebeló contra todo este orden, incluso se negó a reconocerle ningún poder. Había que despreciarlo hasta que fuera inane, hasta despejarlo completamente de sentido. Ursula sabía que no tenía ningún sentido. Sin embargo, exigía un enérgico y arduo esfuerzo de la voluntad, viendo la mina delante, conservar la certeza de que no tenía sentido.
Su tío Tom y su profesora formaban parte de la misma horda, censuraban con cinismo la monstruosa situación y al mismo tiempo la acataban, como un hombre que censura a su amante pero está enamorado de ella. Ursula sabía que su tío era consciente de la situación. Pero también sabía que, a pesar de sus críticas y su condena, seguía enamorado de la gigantesca máquina. Sus únicos momentos felices, sus únicos momentos de libertad pura, los vivía al servicio de la máquina. Entonces, y solo entonces, cuando la máquina lo atrapaba, se liberaba del odio que sentía por sí mismo, podía actuar plenamente, sin cinismo ni irrealidad.