El arco iris

El arco iris

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Tenía que seguir tratando a Winifred con la misma frialdad. Sabía que todo había terminado entre ellas. Veía en su profesora gestos desagradables y vulgares, veía un terrón de arcilla, inerte, carne amorfa, que le recordaba los enormes lagartos prehistóricos. Un día de sol abrasador, su tío Tom entró en casa, acalorado por la caminata. Tenía la cabeza y la frente sudorosas, la mano pegajosa y caliente, asfixiante al tacto. También en él había algo cenagoso: la humedad y la tumescencia viscosas, y el aire salobre y nauseabundo de una ciénaga, donde vida y descomposición son lo mismo.

A Ursula, tan seca y delicada en su ardor, le resultó repugnante. Tuvo la sensación de que incluso sus huesos le suplicaban a Brangwen que no se le acercara.

Ursula maduró en el curso de estas semanas. Pasó dos semanas en Wiggiston, y fueron abominables. Todo era ceniza seca y gris, todo frío, feo y muerto. Pero decidió quedarse. Decidió quedarse también para librarse de Winifred. Winifred y Tom parecían unirse en el odio y la repugnancia que detectaban en Ursula. Se aliaron contra ella.



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