El arco iris
El arco iris –Quiero una vida distinta.
Un arrebato de intensa ira paralizó por un momento la sangre de Brangwen.
–¡Otra vida! –repitió–. ¿Qué otra vida quieres?
Ursula titubeó.
–Algo más que hacer las tareas domésticas y dar vueltas por ahÃ. Quiero ganar un poco de dinero.
La curiosa brutalidad, la dureza con que pronunció estas palabras y su invencible ferocidad juvenil, ajena a su padre, hicieron que también él se endureciera de rabia.
–Y ¿crees que vas a ganar algo? –preguntó.
–Puedo ser maestra… La reválida me lo permite.
Brangwen quiso mandar al infierno su reválida.
–Y ¿cuánto te permite ganar tu reválida?
–Cincuenta libras anuales.
Él se quedó callado, desarmado.
Siempre habÃa acariciado el secreto orgullo de que sus hijas no tuvieran que buscar trabajo. Entre la herencia de su mujer y lo que él ganaba reunÃan cuatrocientas libras al año. Más adelante, en caso de necesidad, podrÃan vivir de los ahorros. No tenÃa miedo a la vejez. Sus hijas serÃan mujeres distinguidas.
Cincuenta libras anuales equivalÃa a una libra a la semana: eso era suficiente para independizarse.