El arco iris

El arco iris

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–Y ¿qué clase de maestra crees que serías? Si tienes menos paciencia que un mosquito con tus hermanos y tus hermanas, no quiero ni pensar en una clase llena de niños. Además, creía que no te gustaban los mocosos sucios de los internados.

–No todos son sucios.

–Ya te darás cuenta de que no todos son limpios.

El cobertizo quedó en silencio. La luz de la lámpara se reflejaba en el cuenco de plata fundida que Brangwen tenía delante, en la maza, en el crisol y los cinceles. Estaba quieto, con una expresión rara y felina, casi parecida a una sonrisa. Pero no era una sonrisa.

–¿Puedo intentarlo? –preguntó Ursula.

–Puedes hacer lo que te venga en gana y puedes irte a donde quieras.

Ursula tenía un gesto fijo, inexpresivo e indiferente. A Brangwen le ponía frenético verla con esa cara. Estaba completamente quieto.

Con frialdad, sin delatar sus sentimientos, Ursula dio media vuelta y salió del cobertizo. Brangwen siguió trabajando, con los nervios de punta. Enseguida tuvo que dejar las herramientas y volver a casa.

Le dio la noticia a su mujer en un tono cargado de amargura, de rabia y desprecio. Hubo un leve altercado, que concluyó cuando la señora Brangwen, con hiriente superioridad e indiferencia, dijo:


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