El arco iris
El arco iris «Gillingham» era un nombre precioso, y Kent era el Jardín de Inglaterra. Y así, en Gillingham, un pueblecito muy, muy antiguo, rodeado de campos de lúpulo, bajo un sol suave, salía una tarde del colegio, buscaba la sombra de los plátanos que bordeaban la verja y torcía por el camino somnoliento hacia la casita donde las flores del maíz asomaban su cabeza azul entre la vieja tapia de madera y los polemonios rebosantes de flores que flanqueaban el camino.
Una señora delicada, con el pelo de plata, se levantaba con sus delicadas manos de marfil cuando Ursula entraba en la sala, y decía:
–¡Ay, querida, no te lo imaginas!
–¿Qué pasa, señora Wetherall?
Frederick había vuelto a casa. Sí, sus pasos viriles resonaban en la escalera, Ursula veía sus botas recias, sus pantalones azules, su figura de uniforme, y después sus facciones, limpias y afiladas como las de un águila, y sus ojos iluminados por el resplandor de mares extraños, ¡ah!, extraños mares que se habían entretejido en su alma, mientras Frederick bajaba a la cocina.
Este sueño, con sus ampliaciones, duró más de un kilómetro y medio. Después, Ursula se trasladó a Kingston-on-Thames.