El arco iris
El arco iris Pasó el día confundida, sin querer dar la noticia a su madre, esperando a su padre. La tensión y el miedo la atenazaban. Tenía miedo de ir a Kingston. Sus amables sueños se esfumaron en las garras de la realidad.
Sin embargo, a medida que caía la tarde, la dulzura del sueño regresaba. Kingston-on-Thames: este nombre tenía para ella fuertes resonancias de dignidad. La sombra de la historia y el majestuoso esplendor del progreso envolvieron su ánimo. Los palacios serían antiguos y oscuros, residencia de enigmáticos reyes. Era un lugar de reyes: Ricardo, Enrique, Wolsey y la reina Isabel. Adivinaba amplios jardines de césped con árboles nobles, y terrazas con sus peldaños acariciados suavemente por el agua, a las que a veces se acercaban los cisnes. Vería la espléndida y majestuosa barca de la reina, deslizándose por el río, la alfombra roja desplegada en las escaleras del embarcadero, a los caballeros calvos, con sus mantos de terciopelo púrpura, agrupados al sol a ambos lados, esperando.
«El dulce Tamésis fluyó suavemente hasta que terminé mi canción…»[25].
Cayó la tarde, su padre volvió a casa, encendido, alerta y distante como siempre. Era menos real que sus fantasías. Ursula esperó a que su padre terminara de cenar. Se llenaba la boca con bocados grandes y comía inconscientemente, con el abandono de un animal entregado a su comida.