El arco iris
El arco iris Inmediatamente después, Brangwen se fue a la iglesia. Había ensayo del coro y quería practicar las melodías en el órgano.
El cerrojo del portón chasqueó con fuerza cuando Ursula entró poco después, pero el órgano hacía mucho más ruido, y Brangwen no se dio cuenta. Estaba ensayando el himno. Ursula vio la cabeza de su padre, pequeña y negra como la tinta, su rostro vigilante entre las llamas de las velas, su cuerpo delgado encorvado en el taburete. Tenía una expresión luminosa y concentrada, el movimiento de sus manos parecía extraño y ajeno a él. La reverberación del órgano parecía surgir de las propias columnas de piedra, como la savia que corría por dentro.
Entonces cesó la música, y se hizo el silencio.
–¡Padre! –dijo Ursula.
Él la miró como si fuera una aparición. Ursula estaba entre las sombras de las velas.
–¿Qué pasa esta vez? –dijo, sin regresar a la tierra.
No era fácil hablar con él.
–He recibido una oferta.
–¿Que has recibido qué? –dijo, poco dispuesto a abandonar el estado de ánimo que lo envolvía cuando tocaba el órgano. Cerró la partitura que tenía delante.
–He recibido una oferta de empleo.