El arco iris
El arco iris El tranvía se paraba con mucha frecuencia, con demasiada frecuencia, y subía gente mojada, como envuelta en un manto, que se sentaba, muda y gris, en rígidas hileras, al otro lado, con los paraguas entre las rodillas. Las ventanillas se empañaban por momentos, se volvían opacas. Ursula se sentía atrapada entre aquellos seres muertos, espectrales. No se le ocurrió, sin embargo, que era como ellos. El conductor pasó a picar los billetes. Cada vez que perforaba un billete Ursula sentía una punzada de temor. Pero estaba segura de que su billete era distinto de los demás.
Todos iban al trabajo; ella también iba al trabajo. Su billete era el mismo. Trató de integrarse con aquellas personas. Pero sentía el miedo en las entrañas, un pánico desconocido se apoderó de ella.
En la calle Bath tuvo que bajar y hacer transbordo. Miró cuesta arriba. Le pareció que conducía a la libertad. Se acordó de muchas tardes de sábado que había subido por allí a los comercios. ¡Qué libre y despreocupada era entonces!
Ah, su tranvía bajaba la cuesta con precaución. Ursula temía el trayecto metro a metro. El vehículo se detuvo, y la muchacha subió a toda prisa.
No dejaba de volver la cabeza a uno y otro lado, insegura de la calle. Por fin, con el corazón ardiendo de expectación, temblando, se levantó. El conductor tocó la campana bruscamente.