El arco iris

El arco iris

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Echó a andar por una calle estrecha, sórdida y húmeda, vacía. El colegio estaba agazapado detrás de las verjas, en su patio de asfalto negro y reluciente con la lluvia. Era un edificio horroroso y mugriento, con plantas mustias asomadas misteriosamente a las ventanas.

Cruzó el arco del porche en la entrada. El ambiente en general infundía una sensación de amenaza, imitaba la arquitectura religiosa con afán dominante, como un gesto de vulgar autoridad. Vio las marcas de unas pisadas húmedas en las losas del porche. Todo estaba en silencio, desierto, como una prisión vacía a la espera del ruido de los pasos.

Se dirigió a la sala de profesores, escondida como una madriguera en un lúgubre agujero. Llamó tímidamente a la puerta.

–¡Adelante! –dijo una voz masculina, sorprendida, como desde la celda de una prisión. Ursula entró en un cuarto pequeño y oscuro, donde nunca daba el sol. La luz de gas estaba encendida, desnuda y cruda. En la mesa, un hombre delgado, en mangas de camisa, frotaba un papel en una bandeja de gelatina. Miró a Ursula con un rostro alargado y duro, dijo: «Buenos días», reanudó su tarea y sacó el papel de la bandeja, echando un vistazo a las letras impresas en color violeta antes de dejar el papel ondulado en un montón.

Ursula lo observaba fascinada. A la luz de gas, entre la penumbra y la estrechez, todo parecía irreal.


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