El arco iris

El arco iris

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–Qué mañana tan desapacible –dijo.

–Sí –contestó el hombre–. No hace muy buen tiempo que digamos.

Pero, dentro de esta sala, parecía que ni la mañana ni el clima existían. Era un espacio atemporal. El hombre hablaba con voz atareada, como un eco. Ursula no sabía qué decir. Se quitó el impermeable.

–¿Llego pronto? –preguntó.

El hombre miró un pequeño reloj de pared y luego a Ursula. Tenía unos ojos penetrantes como agujas.

–Y veinticinco –dijo–. Eres la segunda en llegar. Yo he sido el primero.

Ursula se sentó con cautela en el borde de una silla y se fijó en las manos enrojecidas del profesor que frotaban la superficie blanda del papel, se detenían, levantaban una esquina de la lámina, se asomaban a comprobar el resultado y seguían frotando. Había un montón de papeles encima de la mesa, ondulados, blancos y con garabatos.

–¿Tiene que hacer tantos? –preguntó Ursula.

El profesor levantó la vista con brusquedad. Tenía entre treinta y treinta y tres años, era delgado, con la piel verdosa, la nariz larga y las facciones duras. Tenía los ojos azules y afilados como puntas de acero, muy bonitos, pensó Ursula.

–Sesenta y tres –dijo él.


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