El arco iris
El arco iris La señorita Violet Harby retiró el impermeable de Ursula de la percha en la que estaba colgado y lo dejó en otra más pequeña, al final de la hilera. Ya se habÃa soltado los alfileres del sombrero y los habÃa prendido en el abrigo. Se volvió a Ursula mientras se ahuecaba el pelo rizado, aplastado, de color pardo.
–¡Qué mañana de perros! –exclamó–. ¡De perros! No hay cosa que más odie que un lunes de lluvia. Esa jaurÃa de niños se desata, no sé por qué, y no hay forma humana de que se estén quietos.
HabÃa sacado un delantal negro, envuelto en papel de periódico, y se lo estaba anudando a la cintura.
–Habrás traÃdo un delantal, ¿no? –dijo con voz entrecortada, mirando a Ursula–. Te hará falta. No te imaginas cómo estarás antes de las cuatro y media, entre la tiza, la tinta y los pies sucios de los niños. Bueno, puedo mandar a un chico a casa de mamá a que traiga uno.
–No se moleste –dijo Ursula.
–SÃ, sÃ. Enseguida lo solucionamos –respondió la señorita Harby.