El arco iris
El arco iris A Ursula se le cayó el alma a los pies. Todo el mundo parecía tan petulante y tan mandón. ¿Cómo iba a llevarse bien con gente tan seca, brusca y mandona? Y la señorita Harby ni siquiera le había dirigido la palabra al otro profesor. Como si no estuviera. Ursula se percató de la falta de respeto y la grosería con que se trataban.
Salió al pasillo con Violet Harby. Ya había algunos niños alborotando en el porche.
–Jim Richards –llamó la señorita Harby, con voz dura y autoritaria. Un niño se acercó, acobardado–. ¿Vas a nuestra casa a hacer un recado? –añadió la maestra, en tono exigente, condescendiente, persuasivo. No esperó la respuesta–. Ve y dile a mamá que te dé un delantal, para la señorita Brangwen, ¿quieres?
El niño murmuró un tímido «Sí, señorita» y dio media vuelta.
–¡Eh! –llamó la señorita Harby–. Ven aquí. ¿Qué tienes que traer? ¿Qué tienes que pedirle a mamá?
–Un delantal –murmuró el niño.
–«Por favor, señora Harby, la señorita Harby dice que me dé otro delantal para la señorita Brangwen, porque ha venido sin él.»
–Sí, señorita –murmuró el niño, con la cabeza gacha, y ya se alejaba. La señorita Harby lo sujetó del hombro.