El arco iris

El arco iris

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–¿Qué vas a decir?

–Por favor, señora Harby, la señorita Harby necesita un delantal para la señorita Brangwin –murmuró el niño, muy cohibido.

–¡Señorita Brangwen! –corrigió la maestra, riéndose y empujando al niño–. Espera, más vale que te lleves mi paraguas… Un momento.

El niño se equipó con el paraguas de la señorita Harby, de mala gana, y se puso en camino.

–No tardes –gritó la señorita Harby. Y se volvió a Ursula, diciéndole animadamente–: Con ése hay que andarse con ojo, aunque no es mal chico.

–No –asintió Ursula, en voz baja.

Con un chasquido del cerrojo entraron en el aula grande. Ursula la recorrió con la mirada. El silencio oficial, rígido y prolongado, helaba. En el centro había una mampara de cristal, y abrieron sus puertas. El tic-tac de un reloj resonaba en el aula, y la voz de la señorita Harby se sumó al repique para decir:

–Ésta es el aula grande: cursos cuarto, quinto y sexto. Éste es tu sitio… Quinto…

Estaba en la entrada del aula. Había una mesa para la maestra frente a un escuadrón de bancos largos, dos ventanas altas en la pared contraria.


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