El arco iris
El arco iris Ursula estaba impresionada y horrorizada. La extraña luz mortecina del aula le cambió el carácter. Lo achacó al día lluvioso. Levantó la vista, porque no soportaba la horrorosa sensación de estar encerrada en un ambiente tan rígido y sofocante, lejos de cualquier sensación del día corriente, y se fijó en que las ventanas eran de cristal estriado y opaco.
¡Estaba en una prisión! Miró las paredes, deslucidas, de color verde claro y chocolate, las grandes ventanas con geranios mustios contra el cristal, la larga hilera de pupitres, dispuestos como un escuadrón, y le entró pánico. Era un mundo nuevo, una vida nueva que la amenazaba. Nerviosa todavía, subió a la tarima donde estaban su mesa y su silla. La silla era alta, y no le llegaban los pies al suelo, tenía que apoyarlos en el travesaño de las patas. Encaramada en las alturas, sin pisar el suelo, ocupó su puesto. ¡Qué extraño, qué extraño era todo! ¡Qué distinto de la neblina de la lluvia que caía en Cossethay! Al pensar en su pueblecito, se estremeció de nostalgia: parecía muy lejano, perdido para ella.