El arco iris

El arco iris

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Estaba aquí, en esta realidad dura y descarnada: «realidad». Era extraño llamar a esto realidad, a algo que hasta ese mismo día no conocía y que la llenaba de pavor, hasta el punto de que quería salir de allí. Esto era la realidad… Y Cossethay, su querido, hermoso y familiar Cossethay, casi una parte de ella, era una realidad menor. La prisión del colegio era la realidad. ¡Aquí se sentaría, solemne, como la reina de las maestras! ¡Aquí haría realidad su sueño de ser la profesora querida que daba luz y alegría a sus alumnos! Pero la angulosidad abstracta de los pupitres la intimidaba y hería sus sentimientos. Parpadeó, con la sensación de que había sido muy tonta al hacerse ilusiones. Había depositado sus sentimientos y su generosidad donde nadie quería ni generosidad ni emociones. Y se sintió rechazada, incómoda en aquel ambiente nuevo, fuera de lugar.

Bajó de la tarima y volvió con la señorita Harby a la sala de profesores. Era extraña la sensación de que tenía que cambiar de carácter. No era nadie, no tenía ninguna realidad interior, toda la realidad estaba fuera de ella, y su obligación era adaptarse.

El señor Harby, el director, estaba en la sala de profesores, delante de un gran armario abierto, en el que Ursula vio montones de papel secante rosa, montones de libros flamantes, cajas de tiza y frascos de tinta de colores. Parecía un tesoro escondido.


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