El arco iris

El arco iris

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Era un hombre bajito y corpulento, con una cabeza bien modelada y la mandíbula muy prominente. A pesar de todo era atractivo, tenía las cejas y la nariz bien dibujadas, y un bigote grande y colgante. Parecía enfrascado en su tarea y no se dio cuenta de que Ursula había entrado. Había algo insultante en su capacidad para seguir tan activo, tan atareado, sin fijarse en los demás.

En un momento de distracción, miró por encima de la mesa y dio los buenos días a Ursula. Sus ojos castaños irradiaban un brillo agradable. Parecía muy masculino, indiscutible, y a Ursula le dieron ganas de empujarlo.

–Te habrás mojado en el camino –le dijo.

–No me molesta, estoy acostumbrada –contestó, con una risita nerviosa.

Pero él ya había dejado de escucharla. Sus palabras sonaron ridículas y confusas. El señor Harby no prestaba atención.

–Tienes que firmar aquí –le dijo, como si fuera una niña–, y anotar a qué hora entras y sales.

Ursula firmó en el horario y se apartó de la mesa. Nadie volvió a fijarse en ella. Se torturaba pensando qué decir, pero era inútil.

–Voy a decirles que entren ya –dijo el señor Harby al profesor delgado, que ordenaba sus papeles rápidamente.


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