El arco iris

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El aludido no dio ninguna muestra de conformidad y siguió a lo suyo. El ambiente era cada vez más tenso. En el último momento, el señor Brunt se puso el abrigo.

–Ve al pabellón de las niñas –dijo el director a Ursula, con una jovialidad pasmosa, insultante, puramente oficial y autoritaria.

Ursula salió al porche, donde estaba la señorita Harby con otra maestra muy joven. La lluvia caía en el patio de asfalto. Un timbre ronco resonó con lúgubre e insistente monotonía. Por fin se calló. Entonces apareció el señor Brunt, con la cabeza descubierta, en la otra puerta del patio, lanzando estridentes ráfagas de silbato con la mirada en la calle lluviosa y gris.

Los niños se acercaron trotando, en grupos y riadas, pasaron corriendo por delante del director y, con gran estruendo de voces y pisadas, cruzaron el patio hasta el porche de los chicos. Las niñas entraban, corriendo y andando, por la otra puerta.

En el porche de Ursula reinaba un gran alboroto de niñas que se quitaban las chaquetas y los sombreros y los colgaban en los percheros erizados de ganchos. Olía a ropa húmeda, había un revuelo de pelo húmedo y sucio, un clamor de voces y de pies.


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