El arco iris
El arco iris La masa de niñas seguÃa creciendo, el barullo en los percheros iba en aumento, las niñas tendÃan a concentrarse en grupos tumultuosos. Violet Harby empezó a dar palmadas, palmadas más fuertes, a la vez que gritaba con voz estridente: «¡Silencio, niñas, silencio!».
Hubo una pausa. El guirigay se apagó gradualmente sin llegar a aplacarse del todo.
–¿Qué he dicho? –gritó la señorita Harby.
Se hizo un silencio casi absoluto. De vez en cuando, una niña, muy rezagada, entraba en el porche como un torbellino y se quitaba la ropa a toda prisa.
–Las delegadas… a sus puestos –ordenó la señorita Harby con voz estridente.
Por parejas, con sus babis y el pelo largo, las niñas se separaron en el porche.
–Cuarto, quinto y sexto, adelante –gritó la señorita Harby.
El alboroto se fue ordenando poco a poco en tres filas de niñas, formadas en parejas, que se quedaron en el pasillo riéndose por lo bajo. Entre los percheros, otras maestras formaban en fila a los cursos inferiores.
Ursula se colocó junto al grupo de quinto. Las niñas no paraban de sacudir los hombros y el pelo, de darse codazos, retorcerse, mirar, sonreÃr, cuchichear y bailotear.