El arco iris
El arco iris Las niñas pararon en seco y el piano dejó de sonar. Los niños, que empezaban a entrar por la otra puerta, retrocedieron. Se oyó la voz áspera y apagada del señor Brunt, seguida del vozarrón del señor Harby, desde más lejos:
–¿Quién ha dicho a las niñas de quinto que entren de esa manera?
Ursula se puso colorada. Sus alumnas la miraban, con risitas acusadoras.
–He sido yo, señor Harby –dijo, con voz clara y apurada. Hubo un silencio. Y el señor Harby rugió a lo lejos:
–Las niñas de quinto, volved al pasillo.
Las niñas miraron a Ursula con gesto acusador, burlón, furtivo. Retrocedieron. Ursula se sintió dolorosamente humillada.
–Adelante… En marcha –dijo el señor Brunt, y las niñas echaron a andar, al compás de las filas de los niños.
Ursula miró a sus alumnos, alrededor de cincuenta niños y niñas puestos en pie, detrás de sus pupitres. Se sintió profundamente inútil. No tenÃa ni cabida ni existencia. Miró al bloque de niños.