El arco iris

El arco iris

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Ursula no dijo nada. Se sentía inútil ante ellos.

–Si quiere que la dejen vivir, no tiene más remedio –dijo el señor Brunt.

–Si no sabes poner orden, ¿de qué sirves? –dijo la señorita Harby.

–Y tiene que hacerlo usted sola –añadió el señor Brunt, en el tono implacable de los profetas–. Nadie la ayudará.

–¡Desde luego! –exclamó la señorita Harby–. Hay gente a la que no se puede ayudar. –Y se marchó.

Era horrendo aquel ambiente de hostilidad y desintegración, de voluntades enfrentadas en subordinación antagónica. El señor Brunt, sumiso, asustado, amargado y avergonzado, le daba miedo. Ursula quería salir corriendo. Solamente quería salir de allí, no comprender.

Entonces entró la señorita Schofield, y el ambiente se volvió más apacible. Ursula buscó al punto la confirmación de Maggie. Ella conservaba su personalidad dentro de aquel repugnante sistema de autoridad.

–¿Ha venido el mayor de los Anderson? –preguntó la señorita Schofield al señor Brunt. Y con aire frío, oficial, se pusieron a hablar de cierto problema que afectaba a dos alumnos.


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