El arco iris
El arco iris –Sesenta menos cuarenta y ocho son doce: o sea que faltan doce plumas. ¿Las ha buscado, Staples?
–SÃ, señor.
–Pues vuelva a buscarlas.
La escena se prolongaba. Se encontraron otras dos plumas: faltaban diez. Entonces se desató la tormenta.
–¿Tengo que consentir el robo, además del trabajo sucio y mal hecho y el mal comportamiento? –empezó a decir el director–. No contentos con ser la clase más sucia y de peor comportamiento del colegio, ¿ahora resulta que además sois ladrones? ¡Esto sà que tiene gracia! Las plumas no se diluyen en el aire: las plumas no tienen la costumbre de evaporarse. ¿Dónde están? Porque hay que encontrarlas, y las tienen que encontrar los niños de quinto. Los niños de quinto las han perdido y tienen que encontrarlas.
Ursula escuchaba con el ánimo endurecido y frÃo. Estaba muy ofendida, casi fuera de sÃ. Tuvo la tentación de volverse al director y decirle que se olvidara de unas miserables plumas. Pero se calló. No se atrevÃa.
Todos los dÃas, por la mañana y por la tarde, Ursula contaba las plumas. Aun asà seguÃan desapareciendo. También desaparecÃan los lapiceros y las gomas de borrar. No dejaba salir a nadie hasta que aparecÃan. Pero, en cuanto el señor Harby salÃa del aula, los niños empezaban a saltar y a dar voces, y al final salÃan corriendo atropelladamente.