El arco iris

El arco iris

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La situación empezaba a ser crítica. Ursula no podía decírselo al señor Harby, porque castigaría a los niños, la presentaría a ella como culpable del castigo y los niños se lo harían pagar con burlas y desobediencia. El enfrentamiento entre la profesora y los alumnos era mortal a estas alturas. Cuando les hacía quedarse más tiempo por la tarde, para terminar algún trabajo, les oía decir a sus espaldas:

–Brangwen, Brangwen… Presumida del culo.

Cuando iba a Ilkeston con Gudrun, los sábados por la mañana, les oía gritar:

–Brangwen, Brangwen.

Fingía que no se daba cuenta, pero se ponía colorada cuando se burlaban de ella en plena calle. Ella, Ursula Brangwen de Cossethay, no podía liberarse de la maestra de quinto curso. De nada le servía ir a comprar una cinta para su sombrero. Los niños a los que intentaba enseñar la insultaban.

Y una tarde, cuando llegó al extremo de la ciudad y echó a andar por el campo, le lanzaron piedras. La vergüenza y la rabia la sobrepasaron. Siguió andando, sin hacer caso, fuera de sí. Estaba oscuro, y no veía quiénes eran los que le lanzaban piedras. Tampoco quería saberlo.


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