El arco iris

El arco iris

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Le tendió la mano. Harby la estrechó y la soltó inmediatamente, sorprendido y enfadado.

–Buenos días –dijo la mujer, tendiendo a Ursula la mano sórdida, enfundada en un guante. No era una mujer mal parecida, tenía unos modales curiosos e insinuantes, muy desagradables, pero efectivos–. Buenos días, señor Harby, y gracias.

La figura del vestido gris y el sombrero violeta se alejaba por el patio del colegio, con paso lento y singular. Ursula sintió una rara compasión por ella, y también repugnancia. Se estremeció. Entró en el colegio.

A la mañana siguiente apareció Williams, más pálido que nunca, muy limpio y bien vestido con su chaqueta de marinero. Miró a Ursula con una media sonrisa: astuto, reservado, dispuesto a hacer lo que ella le ordenara. Algo en su actitud le produjo un escalofrío. No soportaba la idea de haberle puesto las manos encima. El hermano mayor de Williams estaba en la puerta del patio a la hora del recreo, un joven de unos quince años, alto, delgado y pálido. Se levantó el sombrero, casi como un caballero. Pero también él tenía un aire insidioso y reservado.

–¿Quién es? –preguntó Ursula.

–Es el mayor de los Williams –dijo Violet Harby–. Ella vino ayer, ¿verdad?

–Sí.


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