El arco iris

El arco iris

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En días como éstos su espíritu estaba feliz: ah, estaba tan feliz que deseaba coger su alegría y esparcirla a manos llenas. También hacía felices a los niños, les producía un cosquilleo de placer. Pero esta tarde, los niños no eran un grupo de colegiales para ella. Eran flores, pájaros, animalillos despiertos, niños, cualquier cosa. No eran alumnos de quinto curso. No se sentía responsable de ellos. Por una vez, enseñar era un juego. Y si se equivocaban en las sumas… ¿qué más daba? Escogió una lectura agradable. Y, en lugar de datos históricos, les leyó un cuento precioso. Y, en lugar de estudiar gramática, analizaron un texto que no era difícil, porque ya lo habían hecho antes:

Tendrá la agilidad de un cervatillo

que loco de alegría corre por las praderas

o brinca por los montes[27].

Lo escribía de memoria, porque le gustaba.

Así, la tarde dorada se apagó poco a poco, y Ursula se fue a casa feliz. Había terminado el día en la escuela y era libre para sumergirse en el radiante atardecer de Cossethay. Le encantaba el paseo hasta casa. Pero no venía del colegio. Venía de jugar en el colegio, bajo las flores rojas del espino.


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