El arco iris
El arco iris No podía seguir así. Se acercaba el examen trimestral y sus alumnos no estaban preparados. Le exasperaba tener que abandonar su felicidad y aplicarse con todas sus fuerzas para forzar a aquel montón de niños a hacer operaciones aritméticas con ahínco. Ellos no querían trabajar, ella no quería forzarlos. Sin embargo, algo le remordía la conciencia, le decía que no estaba haciendo su trabajo como debía. Se desesperaba y daba rienda suelta a su enfado con los niños. El día se convertía entonces en un combate de odio encarnizado, y Ursula volvía a casa abatida, con la sensación de que le habían arrebatado la tarde dorada, de que estaba encarcelada en una celda oscura y asfixiante, encadenada a la conciencia de haber hecho mal su trabajo.
¿De qué servía que fuera verano, que hasta la tarde, cuando empezaban a vocear las codornices, las alondras elevaran el vuelo a las alturas de la luz para cantar una vez más antes de que cayera la noche? ¿De qué servía todo, si ella no estaba en armonía, si solo tenía presente la carga y la vergüenza de aquel día en el colegio?