El arco iris
El arco iris ¿De qué servía aquel edificio, aquella universidad? ¿De qué servía aprenderse la literatura sajona en orden cronológico para responder las preguntas del examen, en orden cronológico para tener más adelante un valor comercial superior? Estaba harta de servir en aquel templo del comercio interior. Pero ¿había algo más? ¿A esto se reducía la vida? Todo, absolutamente todo, se había degradado al servicio del mismo fin. Todo se subordinaba a la producción de objetos vulgares, al encumbramiento de la vida material.
De un día para otro abandonó el francés. Sacaba matrículas de honor en botánica. Era la única asignatura viva para ella. Se había adentrado en la vida de las plantas. La fascinaban las extrañas leyes del mundo vegetal. Intuía en ellas algo que funcionaba completamente al margen de los propósitos de la humanidad.
La universidad era un templo barato y estéril convertido en el más insignificante y vulgar de los comercios. ¿No había ido ella allí para escuchar el eco del conocimiento, su pulsación desde las fuentes del misterio? ¡Las fuentes del misterio! Y los profesores, con sus togas, ofrecían estériles productos comerciales que llegado el momento del examen podían transformarse en buenos resultados: materiales prefabricados que no valían el dinero que aspiraban a conseguir. Y todo el mundo lo sabía.