El arco iris
El arco iris Skrebensky llegó una tarde de la semana siguiente. Día tras día, Ursula se acercaba corriendo al casillero cuando entraba en la universidad por la mañana, y también en los intervalos entre una clase y otra. En varias ocasiones, con dedos furtivos y veloces, había protegido su carta de miradas ajenas, y había echado a correr por el vestíbulo con el papel escondido en la mano. Leía sus cartas en el laboratorio de botánica, donde siempre había un rincón reservado para ella.
Varias cartas, y por fin, Skrebensky venía. Llegaría el viernes por la tarde. Ursula trabajaba con el microscopio en un estado febril, capaz de concentrarse solo a medias, aunque rápida y diligente. Tenía en el portamuestras un tejido especial que había llegado de Londres ese mismo día, y el profesor estaba muy emocionado. Mientras enfocaba la lámpara en su campo de visión y observaba el difuso organismo eucariota envuelto en una luz ilimitada, Ursula evocaba con inquietud una conversación que había tenido días antes con la profesora Frankstone, doctora en física.