El arco iris
El arco iris ParecÃa extrañamente preocupada, pero también complacida en cierto modo. Él seguÃa escuchando, mudo de asombro. Era increÃble que ella le prestara tan poca atención, a pesar de que estaba sentada en sus rodillas y él la levantaba con su respiración, sintiendo su peso, su existencia, y esto le infundÃa una plenitud absoluta y un poder inviolable. No querÃa molestarla. Ni siquiera la conocÃa. Era muy extraño sentir su peso, abandonada en su regazo. Estaba callado de puro placer. Se sentÃa fÃsicamente fuerte al desplazarla con su respiración. Esa extraña e inviolable plenitud de ambos hizo que Brangwen se sintiera tan seguro y poderoso como si fuera Dios. Divertido, se preguntó qué dirÃa el vicario si lo supiera.
–No tendrás que quedarte aquà mucho más tiempo como ama de llaves –dijo.
–Esto también me gusta –contestó ella–. Después de haber estado en tantos sitios, aquà estoy muy bien.
Él volvió a guardar silencio al recibir esta respuesta. Estaba tan cerca de él, y al mismo tiempo le respondÃa desde tan lejos. Pero no le preocupaba.
–¿Cómo era tu casa, cuando eras pequeña? –preguntó.
–Mi padre era terrateniente. VivÃamos cerca de un rÃo.