El arco iris
El arco iris Esto no le aclaraba gran cosa a Brangwen. Todo seguÃa siendo igual de difuso. Sin embargo, le daba igual, mientras ella siguiera estando tan cerca.
–Yo también soy terrateniente… aunque pequeño –dijo.
–Sà –asintió ella.
Brangwen no se atrevÃa a moverse. SeguÃa abrazándola, y ella seguÃa inmóvil y abandonada a la respiración de él, que pasó mucho tiempo sin hacer un solo movimiento. Por fin, con suavidad, tÃmidamente, posó una mano en el brazo redondeado de la mujer, en territorio desconocido. Ella se acercó un poco más. Una llama abrasadora lamió el vientre y el pecho de Brangwen.
Pero era demasiado pronto. Ella se levantó y se acercó a un aparador para sacar un paño. HabÃa en sus movimientos un aire sereno y profesional. HabÃa sido enfermera, junto a su marido, tanto en Varsovia como en la rebelión posterior. Empezó a preparar una bandeja, como ajena a la presencia de Brangwen. Él se irguió en el asiento, incapaz de soportar la más mÃnima contradicción en ella, que iba de un lado a otro con aire inescrutable.
SeguÃa sin moverse del sitio, desconcertado y sorprendido, cuando ella volvió a su lado y lo miró con sus grandes ojos grises, que casi sonrieron iluminados por un leve resplandor. Pero su boca, fea y bonita a un tiempo, seguÃa inmutable y triste. Brangwen se asustó.