El arco iris
El arco iris Sus ojos, tensos y alterados por la extrañeza, temblaron ligeramente delante de ella y, aunque notó que estaba temblando, se levantó como si obedeciera una orden y, como si la obedeciera a ella, se inclinó para besar la boca grande y triste, que se dejó besar sin inmutarse. Lo asaltó un profundo temor. Una vez más no había logrado alcanzarla.
Ella se apartó. Aunque la cocina estaba desordenada, Brangwen la encontraba preciosa, en el desorden de la madre y la hija. Había en aquella mujer una lejanía formidable, y al mismo tiempo la sentía tan cerca que se le encogía el corazón. Siguió a la espera, con el alma en vilo.
Volvió con él, que seguía en la cocina con los ojos muy brillantes y llenos de desconcierto, el gesto tenso y vivo, el pelo alborotado. Se acercó a su cuerpo concentrado y vestido de negro, y apoyó una mano en su brazo. Él no se inmutó. La negrura del recuerdo combatía con la pasión en los ojos de ella, primitivos y eléctricos en lo más hondo, que lo rechazaban a la vez que lo absorbían. Pero se mantuvo firme. Respiraba con dificultad y estaba sudando por la cabeza y la frente.
–¿Quieres casarte conmigo? –preguntó ella, despacio, todavía insegura.
Él tuvo miedo de no ser capaz de hablar. Tomó aire con fuerza.
–Quiero –contestó.