Historias de lo oculto

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Se fue cavilando, vagamente, al modo infantil, tratando de encontrar el rastro de la «suerte». Vagó absorto, sin prestar atención a nadie, un tanto a escondidas, buscando la suerte en su interior. Deseaba la suerte, la deseaba, la deseaba. Mientras las dos niñas jugaban en el cuarto de los juegos, él se sentaba en su gran caballo mecedor, y se lanzaba locamente a la carga en el espacio, con una especie de frenesí que hacía que las niñas se miraran desazonadas. El caballo galopaba salvajemente, el ondulado cabello negro del niño flotaba al aire, sus ojos tenían un brillo extraño. Las niñas no se atrevían a dirigirle la palabra.

Cuando había cabalgado hasta el final de su viajecillo demente, se bajaba y se quedaba frente a su caballo mecedor, mirándolo fijamente a su cara hosca. Su boca roja estaba ligeramente abierta, sus grandes ojos de vidrio brillaban.

—¡Ahora! —ordenaba el niño en silencio a su resollante corcel—. ¡Dime ahora dónde está la suerte! ¡Llévame a ella!

Y azotaba al caballo en el cuello con el pequeño látigo que con este objeto había pedido a su tío Oscar. Sabía que el caballo podía llevarle donde estaba la suerte, si lograba vencer su resistencia. Así que volvía a montar y a lanzarse a su furiosa galopada, con la esperanza de acabar llegando allí. Sabía que podía llegar allí.


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