Historias de lo oculto
Historias de lo oculto Hubo una pausa. Daffodil era un caballo relativamente mediocre.
—¡TÃo!
—¿SÃ, chico?
—No se lo dirás a nadie más, ¿verdad? Se lo he prometido a Bassett.
—¡Al diablo con Bassett, viejo! ¿Qué tiene que ver con esto?
—Somos socios. Hemos sido socios desde el comienzo. Mira, me prestó los primeros cinco chelines, y los perdÃ. Le prometÃ, le di palabra de que aquello serÃa sólo entre él y yo; sólo que tú me diste aquellos diez chelines con los que empecé a ganar, asà que pienso que tienes buena suerte. ¿No se lo dirás a nadie, verdad?
El niño miraba a su tÃo con sus grandes ojos azules y cálidos semicerrados. Su tÃo se movió en su asiento y se rió con cierta desazón.
—¡Tienes razón, chico! Guardaré en secreto tu consejo. Daffodil, ¿eh? ¿Cuánto apuestas por él?
—Todo lo que tengo menos veinte libras —dijo el niño—. Guardo esto como reserva.
El tÃo se lo tomó como un buen chiste.
—Guardas veinte libras en reserva, ¿eh, joven cuentista? ¿Cuánto apuestas, entonces?