Historias de lo oculto
Historias de lo oculto —Es el señorito Paul, señor —dijo Bassett con voz baja y reverente—. Es como si le viniera del cielo. Como con Daffodil, ahora, en el Lincoln. Era seguro como dos y dos son cuatro.
—¿Apostó usted algo a Daffodil? —preguntó Oscar Cresswell.
—SÃ, señor. Gané bastante.
—¿Y mi sobrino?
Bassett permaneció obstinadamente callado, mirando a Paul.
—He ganado mil doscientas, ¿verdad, Bassett? Le dije a tÃo que iba a apostar trescientas a Daffodil.
—Asà es —dijo Bassett, asintiendo con la cabeza.
—Pero ¿dónde está el dinero? —preguntó el tÃo.
—Lo tengo en lugar seguro, señor. El señorito Paul puede disponer de él en cualquier momento que me lo pida.
—¡Cómo! ¿Mil quinientas libras?
—¡Mil quinientas veinte! Es decir, mil quinientas cuarenta, con las veinte que he ganado durante las carreras.
—¡Es asombroso! —dijo el tÃo.
—Si el señorito Paul le ofrece asociarse, señor, yo, en su lugar, aceptarÃa, dicho sea con su permiso, señor —dijo Bassett.