Historias de lo oculto
Historias de lo oculto —¡Muy bien! No vayas junto al mar hasta después del Derby, si no lo deseas. Pero prométeme que no permitirás que se me destrocen los nervios. ¡Prométeme que no pensarás tanto en las carreras de caballos, y en los «acontecimientos», como tú los llamas!
—¡Oh, no! —dijo el niño, evasivamente—. No pensaré mucho en ellas, madre; no te preocupes. Yo no me preocuparÃa, madre, si fuera tú.
—Si tú fueras yo y yo fuera tú —dijo la madre—, me pregunto qué serÃa lo que harÃamos.
—Pero sabes que no tienes por qué preocuparte, madre, ¿verdad? —repitió el niño.
—EstarÃa realmente encantada si lo supiera —dijo ella, cansadamente.
—¡Oh, bueno! Puedes saberlo, ¿sabes? Quiero decir que deberÃas saber que no tienes por qué preocuparte —insistió el niño.
—¿DeberÃa? Bien, ya lo veremos —dijo ella.
El secreto de los secretos de Paul era su caballo de madera, que no tenÃa nombre. Desde que se habÃa emancipado de la niñera y de la gobernanta, el caballo de madera habÃa sido trasladado a su dormitorio, en la parte superior de la casa.
—¡Pero si eres ya muy mayor para un caballo mecedor! —le habÃa reñido su madre.