Historias de lo oculto

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El tercer día de la enfermedad fue crítico: esperaban un cambio. El niño, con su cabello rizado más bien largo, se agitaba incesantemente sobre la almohada. Ni dormía ni recobraba la conciencia, y sus ojos eran como piedras azules. Su madre, sentada, sentía que el corazón la abandonaba y que se convertía realmente en una piedra.

Por la tarde, Oscar Cresswell no vino, pero Bassett envió un mensaje preguntando si podía subir un momento, sólo un momento. La madre de Paul se sintió muy irritada por la intrusión, pero, volviendo a pensarlo, aceptó. El niño estaba igual. Quizá Bassett pudiera hacerle recobrar la conciencia.

El jardinero, un tipo bajito con un bigotillo castaño y penetrantes ojillos marrones, entró de puntillas en la habitación, se llevó la mano a un sombrero imaginario ante la madre de Paul, y se deslizó junto a la cama, contemplando con brillantes ojos entornados al niño moribundo que se agitaba.

—¡Señorito Paul! —susurró—. ¡Señorito Paul! Malabar ha llegado primero, una limpia victoria. Hice lo que usted me dijo. Ha ganado más de setenta mil libras, eso ha ganado; ha ganado más de ochenta mil. Malabar ha llegado primero, señorito Paul.


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