Historias de lo oculto
Historias de lo oculto Yo me sentÃa encantado de estar nuevamente con Carlotta; de sentir aquel sosiego inexpresable, delicado y completo de nosotros dos, con el corazón, por fin, en un equilibrio tan fÃsico como espiritual. Hasta entonces, aquello habÃa sido siempre una cosa fragmentaria. Ahora, en aquellos momentos por lo menos, era una corriente total, suave, completa, fÃsica, y una unisonancia más profunda incluso que en la infancia.
Carlotta se puso a temblar un poco mientras bailábamos, y a mà me pareció notar algo helado en el aire. El coronel, por su parte, no mantenÃa bien el ritmo.
—¿No hace más frÃo? —dije.
—¡No lo sé! —respondió ella, mirándome con una lenta súplica. ¿Por qué, para qué me suplicaba? Acentué un poco la presión de mi mano, y sus pequeños senos parecieron hablarme. El coronel recuperó el ritmo.
Pero al final del baile volvÃa a temblar, y a mà me pareció estar también helado.
—¿No se ha puesto de repente a hacer frÃo? —dije, dirigiéndome hacia el radiador. Estaba muy caliente.
—Me parece que sà —dijo Lord Lathkill, con una voz extraña.
El coronel estaba miserablemente sentado en el taburete de música, como derrengado.