Historias de lo oculto
Historias de lo oculto Un silencio fúnebre y espectral, en el que todos permanecimos confusos. Luego, de alguna parte, llegaron dos golpes sordos, y un sonido de cortinas moviéndose. El coronel, con un miedo demente en sus ojos, volvió la mirada hacia las ventanas desprovistas de cortinas, y se encogió en su asiento.
—Debemos abandonar esta habitación —dijo lady Lathkill.
—Te diré qué vamos a hacer, madre —dijo lord Lathkill, curiosamente—; tú y el coronel subiréis, y nosotros pondremos en marcha la gramola.
Esto era casi pavoroso por su parte. En cuanto a mÃ, los efluvios frÃos de esa gente me habÃan paralizado. Ahora empecé a recobrarme. Me di cuenta de que lord Lathkill estaba cuerdo; eran esos otros los que estaban locos.
De nuevo, de alguna parte, llegaron dos golpes sordos.
—Debemos abandonar esta habitación —repitió lady Lathkill, con voz monótona.
—Muy bien, madre. Vete. Yo pondré en marcha la gramola.
Y lord Lathkill cruzó la habitación. Al cabo de unos instantes, el monstruoso aullido ladrante del comienzo de una tonada de jazz, un acontecimiento mucho más extraordinario que los golpes sordos, se derramó de la inmóvil pieza de mobiliario llamada gramola.