Historias de lo oculto

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Lady Lathkill se marchó en silencio. El coronel se puso en pie.

—Yo no me iría si fuese usted, coronel —dije yo—. ¿Por qué no baila? Yo miraré esta vez.

Me sentí como si estuviera resistiéndome a una corriente de aire fuerte y fría.

Lord Lathkill bailaba ya con la señora Hale; se deslizaba con ella delicadamente, con una cierta sonrisa de obstinación, sigilo y excitación ardiéndole en el rostro. Carlotta se dirigió silenciosamente hacia el coronel y le puso la mano sobre su ancho hombro. Él dejó que ella lo arrastrara al baile, pero tenía la mente en otra parte.

Luego se oyó un fuerte estruendo en la distancia. El coronel se detuvo, como por efecto de un balazo: en unos instantes iba a caer de rodillas. Y su rostro era terrible. Era evidente que realmente sentía otra presencia, una presencia que no era la nuestra, que nos anulaba. La habitación parecía inerte y fría. No era fácil soportar aquello.

Los labios del coronel se movían, pero ningún sonido salía de ellos. Luego, olvidándonos por completo, salió de la habitación.

La gramola se había detenido. Lord Lathkill fue a darle de nuevo a la manivela, diciendo:

—Supongo que mamá habrá chocado con algún mueble.


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