Historias de lo oculto
Historias de lo oculto Pero todos estábamos deprimidos, con una depresión abyecta.
—¿No es terrible? —me dijo Carlotta, mirándome de un modo suplicante.
—¡Abominable! —dije yo.
—¿Qué piensas que hay en todo esto?
—¡Quién sabe! Lo único que hay que hacer es acabar con el asunto, como se hace con la histeria. Es lo mismo que una histeria.
—Asà es —dijo ella.
Lord Lathkill estaba bailando, y sonreÃa a su pareja de un modo muy curioso, encarado con ella. La gramola estaba a su máximo nivel de sonido.
Carlotta y yo nos miramos, con pocos ánimos para bailar de nuevo. La casa se sentÃa vacÃa y horrenda. Uno deseaba huir, alejarse de aquel marchitamiento frÃo y pavoroso que llenaba el aire.
—¡Oh! Yo dirÃa de seguir el baile —gritó lord Lathkill.
—Ven —dije a Carlotta.
Incluso entonces se resistió un poco. Si no hubiera sufrido y perdido tanto, Carlotta hubiera subido las escaleras acto seguido para enfrentarse a su suegra en la silenciosa lucha de las voluntades. Incluso ahora, esa lucha en concreto la atraÃa, casi con más fuerza que ninguna otra cosa. Pero yo la tomé de la mano.