Historias de lo oculto
Historias de lo oculto —No llores, Carlotta —dijo él—. ¡No, de veras! No nos hemos matado el uno al otro. Somos demasiado decentes, a fin de cuentas. Casi nos hemos convertido en espÃritus uno al lado del otro. Casi nos hemos convertido en fantasmas, el uno para el otro, luchando a brazo partido. ¡Oh! Pero quiero que vuelvas a tu cuerpo, aunque yo no pueda dártelo. Quiero mi carne y mi sangre, Carlotta, y quiero que tú tengas las tuyas. Hemos sufrido demasiado del otro modo. Y los niños, tanto da que hayan muerto. Nacieron de nuestra voluntad y de nuestra desencarnación. ¡Oh! Siento como la Biblia. Arropadme otra vez de carne, y envolved mis huesos con tendones, y dejad que me inunde la fuente de la sangre. Mi espÃritu es como un nervio desnudo al aire.
Carlotta habÃa dejado de llorar. Estaba sentada, con la cabeza caÃda, como si durmiera. Sus pequeños senos poco firmes subÃan y bajaban todavÃa con pesadez, pero se levantaban en un movido mar de reposo. Era como si un lento amanecer de sosiego se encendiera en su cuerpo, mientras dormÃa. Tan laxa, tan quebrada estaba, que se me ocurrió que en ese asunto de las crucifixiones el crucificado no se pone solo en la cruz. A la mujer se la clava en ella más inexorablemente, y está crucificada en su cuerpo todavÃa más cruelmente.