Historias de lo oculto
Historias de lo oculto —¡Mi cuerpo! —repitió, huecamente.
—Sà —dijo Luke—. ¿No lo ve? Usted pudo ser terriblemente bueno con ella. Pero ¿y su pobre cuerpo de mujer? ¿Fue usted alguna vez bueno con él?
—Tuvo todo lo que quiso. Tuvo a mis tres hijas —dijo el coronel, ofuscado.
—¡Ah, sÃ! Esto puede ser perfectamente. Pero su cuerpo de hombre, ¿fue siempre bueno con su cuerpo de mujer? Ahà está la cuestión. Si se entienden las palabras de la boda: te adoraré con mi cuerpo. Ahà está la cuestión. No huyamos de eso.
Lord Lathkill se habÃa constituido en el más increÃble de los ángeles acusadores, sentado ahà con la mano de la mujer de otro hombre apretada contra su muslo. Su cara era fresca e ingenua, y sus ojos oscuros brillaban con un candor clarividente semejante a la demencia, una demencia que era quizá la suprema cordura.
El coronel recapitulaba el pasado, y asomaba a su rostro una lenta comprensión.
—Es posible —dijo—. Es posible. Quizá, en este sentido, la desprecié. Es posible, es posible.