Historias de lo oculto
Historias de lo oculto Así que entonces Maimónides, ya solo, tomó la pequeña vena y la colocó entre las hojas y las hierbas, según lo que habían descubierto, dentro de un gran jarro de vidrio; y cerró el jarro. Luego puso el jarro en un anaquel, en su propia habitación, donde nadie entraba sino él, y esperó. Pasaron los días, y él recitaba sus oraciones, caminando arriba y abajo por su habitación, y rezando en voz alta mientras caminaba, como hacen los judíos. Luego volvió a sus libros y a su química. Pero cada día miraba el jarro, para ver si la pequeña vena había cambiado. Durante mucho tiempo no cambió. De modo que pensó que aquello era en vano.
Luego, finalmente, pareció cambiar, haber crecido un poco. El rabino Moisés Maimónides contempló el jarro, atónito, y se olvidó de toda otra cosa sobre la ancha tierra; perdido para todos y para todo, contemplaba el jarro. Y, finalmente, vio un tenue, muy tenue temblor en la pequeña vena, y supo que era un temblor de crecimiento. Cayó al suelo y quedó sin sentido, porque había visto el primer temblor del crecimiento del hombre inmortal.